domingo, 10 de mayo de 2015

CUATRO


CUATRO



Caminé hacia el norte evitando las elevaciones. Anduve medio kilómetro, manteniendo la distancia que me separaba del pasillo. Al borde de una hondonada me detuve. Era el profundo hueco dejado por una gran estructura de hormigón, arrancada casi intacta de su emplazamiento. El lugar estaba erizado de hierros y pilares fracturados que triplicaban mi altura. Descendí algunos pasos y, sin ocultarme, me recosté contra la base de uno de los pilares. Me mantuve vigilante, atento al más leve sonido. La calma y el silencio me instaron a seguir. Me encaminé hacia el pasillo. 
Mi propósito era volver por el corredor hasta llegar por la retaguardia a la procesión detenida. Avancé rápido, sorteando los cúmulos altos y evitando los claros. Cuando llegué al pasillo no vacilé. Descendí por su margen abrupta tanteando las salientes, asegurándome que resistirían mi peso sin desmoronarse. Alcancé el piso a pocos brazos de profundidad. Sin apartarme de la margen, anduve algunos pasos. Percibí un declive pronunciado que facilitaría mi marcha. Entonces me detuve. Cumplida la primera parte del plan, ignoraba como obrar cuando alcanzase mi objetivo. Sabía que el capote del custodio muerto, me posibilitaría ser confundido en las oscuridad con un miembro del grupo. Pero, con seguridad, el campamento se hallaba emplazado de acuerdo con un orden preciso que me era imposible prever. Mi aparición en un sector equivocado, determinaría el fin de mi incursión y mi muerte. 
Me hallaba todavía tratando de imaginar como proceder, cuando la primera ráfaga de viento atravesó el silencio como un alarido. Sobresaltado me apoyé de espaldas en la pared vertical mientras el polvo y los guijarros desprendidos crepitaban con furia contra la margen opuesta. El viento cesó y le siguió un breve intervalo de quietud en el que solo atiné a desplazarme indeciso en busca de una hendidura. De pronto todo estalló. Con un ulular ensordecedor el huracán se abatió sobre la superficie. Potentísimas ráfagas se arremolinaron entre las paredes del pasillo aplastándome contra mi precario refugio. Fui azotado por un torbellino de partículas, sofocado por el polvo y la ceniza. Algunas piedras rodaban hasta mí y era alcanzado por los fragmentos de las que se estrellaban contra la margen opuesta. Pronto me hallé semienterrado, ahogado por el polvo que me estragaba la garganta. Encogido, incapaz de moverme por temor a ser arrancado del ángulo donde me hallaba, oí, por encima del estruendo creciente, un sibilante gemido que cortó el aire y retumbó con un estampido. Supe que era una lámina de metal. Otras le siguieron en rápida
sucesión, como si la enorme fuerza desatada, hubiese arrancado entero un cúmulo de chapas. Temí que el torbellino las envolviera en su furia y las lanzara sobre mí, despedazándome.
Latro no estaría esta vez para detener el acero letal. Yo lo había abandonado. Su recuerdo me sumió aun más en la desesperación. Lo imaginé en la superficie, expuesto a la fragorosa violencia del huracán. Buscándome. Durante mucho tiempo permanecí agazapado, sin apartar las piedras que se acumulaban sobre mi cuerpo y que me protegían de los sucesivos impactos. La oscuridad fue cediendo pero el poder del huracán parecía aumentar por momentos. 
Vislumbré a través de mis dedos una lóbrega claridad desgarrada por el remolino de partículas. Agotado, caí en un sopor poblado de visiones y recuerdos confusos. Vi los restos del campamento aniquilado. Vi los cuerpos enterrados de las esclavas y el vientre desgarrado de la Hembra Magnífica. Vi ratas arrastrándome a través de un túnel. Brasas crepitando en el pozo de fuego. Vi al viejo con el espinazo partido. Y latas, y un frasco de colirio. Vi el mazo de Latro sepultado en los escombros. Vi los huesos de su mano aferrando aún el cabo ensangrentado. Y también en la perdida tibieza del pasado, vi a una mujer sin rostro inclinarse sobre mi, y ponerme a salvo entre sus brazos.


Autor: Guillermo Iglesias.

viernes, 1 de mayo de 2015

TRES

TRES




Los ojos de Latro sanaron en pocas jornadas, y mi rodilla también. Habíamos vuelto a salir en busca de provisiones. Siguiendo los pasos del viejo por donde yo recordaba haberlo visto por primera vez, dimos con un depósito cerca de los fragmentos de la columna con restos de pintura, a menos de medio kilómetro. Rodeamos, como siempre lo hacíamos, muchos cráneos y otros  restos óseos apilados en torno a una pira ritual. Entonces Latro se detuvo. La piedra de sangre se veía seca y sólo conservaba rastros ocres en las hendiduras más profundas. Primero se acercó Latro. Cuando me reuní con él tratando de no mirar a mi alrededor, me señaló una huella en la ceniza. Entre ambos empujamos la piedra. Se inclinó con facilidad y dimos con la abertura. Pero en cuanto la soltamos recuperó su posición volviendo a ocultar la entrada. Por último la trabamos, calzando en su
base algunos guijarros ennegrecidos. No se trataba en realidad de un depósito. Era un almacén, aunque no lo reconocimos de inmediato. La cámara era de mi altura y de unos tres pasos de lado pero en su interior solo vimos piedras blanquecinas de tamaño regular. Me dispuse a removerlas y me sorprendió su ligereza. Las latas, junto con algunos guijarros, estaban envueltas en tela enyesada. Cada piedra falsa contenía tres y hasta cuatro latas engrasadas y en buen estado.
El frío del invierno se hizo más intenso y el líquido ambarino bajó de nivel.Pero continuamos negándonos a encender fuego. Sabíamos que el humo nos haría vulnerables. El viejo había muerto, pero seguíamos aprendiendo de él.

Una noche en que no se veían las estrellas, yo exploraba la pendiente por la que asomaba nuestra toma de aire. Buscaba un punto de luz entre el cúmulo de chapas y perfiles retorcidos. Desde el interior del pozo, Latro sostenía el candil en la boca del conducto. Dos o tres veces creí vislumbrar un reflejo. De pronto, aterrado, descubrí frente a mí las sombras que mi propio cuerpo proyectaba. Giré agachándome al tiempo que divisaba al sur, a menos de trescientos pasos, el gran resplandor de un fuego abierto. Me arrastré rodeando el cúmulo hasta la entrada y me precipité al interior. Latro se había agazapado enarbolando su mazo. 
-Vienen -dije. De inmediato cubrimos el candil con el tiesto perforado y atravesamos la penumbra en busca de la salida. Una vez afuera ocultamos con cuidado la boca del túnel y nos arrastramos hasta la cima de una escombrera coronada por grandes bloques de hormigón. Desde nuestro emplazamiento enfrentábamos un trecho del pasillo cuyo curso, después del recodo se desviaba formando una curva hacia el este.
El resplandor se acercaba muy lentamente por el tramo oculto del corredor. Ambos sabíamos que el peligro inmediato era la avanzada que con seguridad se deslizaba silenciosa y acechante por lo alto de las márgenes en sombras. No nos movimos. El viento disminuyó de intensidad y por un instante percibimos el clamor bajo y monocorde de la procesión que parecía haberse detenido. Sin embargo casi de inmediato, una vanguardia de sombras ondulantes se proyectó contra el piso y las márgenes verticales del pasillo. A mi lado la respiración cada vez más agitada de Latro me obligó a desviar la mirada. Inmóvil, con los músculos en tensión, parecía a punto de abandonar el escondite para enfrentarse con la multitud. 
-¿Qué?- murmuré. Pero no respondió. Volví a mirar hacia el pasillo y entonces los vi. Encorvados, presionando sus torsos contra los arneses, las primeras filas de seres emergían del recodo arrastrando agónicamente el altar de fuego, todavía invisible. El trecho de pasillo, del que no podíamos apartar nuestros ojos, se fue colmando línea tras línea con un flujo lento y monótono, apenas demorado por el resbalón o la caída de algún desafortunado que a su vez era arrastrado por la multitud hasta que lograba incorporarse. Todo el tramo de pasillo que abarcábamos se cubrió de esa apretada y ondulante multitud. Uno de esos torturados perdió pie y se hundió, volvió a emerger por un instante pero enseguida algo pareció arrastrarlo hacia abajo. La marea se cerró ocupando definitivamente el espacio vacío.
El grave clamor, apenas audible entre las ráfagas de viento, había ido aumentando de volumen, transformándose, hasta que la noche vibró en una monótona salmodia acompasada al lento y poderoso avance de la procesión. El resplandor de las llamas iluminaba vivamente las anfractuosidades del recodo, proyectando su luz en las espaldas encorvadas de las últimas filas. Entonces, precedida de un haz de tensas cuerdas como trazos de fuego blanco, la carroza del altar, rodeada de innumerables antorchas transpuso el recodo y se reveló a mis ojos en un estallido de claridad. 
Con angustia y fascinación vi los cuerpos desnudos de las mujeres. Y comprendí. La agitación de Latro, la vibrante tensión de su cuerpo, cobraron para mí su verdadero sentido. Eso y la barba en mi cara. Un recuerdo impreciso se apoderó de mi sangre, un recuerdo de tibieza y seguridad que pareció instalarse en las palmas agrietadas de mis manos. La visión me incendió las entrañas como un líquido ambarino infinitamente poderoso. En el centro de la carroza, sobre un bloque de mármol pulido rodeado de fuego, de rodillas, con la garganta expuesta al cielo, yacía inmóvil y resplandeciente la Hembra de la Continuación, con su vientre henchido de preñez. En torno al altar, un lecho de arena negra exaltaba la palidez de los cuerpos entrelazados de las Esclavas Oferentes. Ondulaban en la cadencia enervante del salmo, como un ser único y multiforme con el que ansié fundirme hasta la muerte y la definitiva extinción.
Un rodar de guijarros a mis espaldas me sobresaltó. Busqué a Latro entre las sombras, pero había desaparecido. Sintiendo  que el terror me invadía, giré apoyando mi espalda contra el bloque de hormigón. Deslumbrado, no lograba penetrar la tiniebla del barranco. Cuando vi al hombre supe que era tarde. La hoja se recortó en lo alto y capturó por un instante el resplandor del fuego. Entonces algo silbó en el aire y el hombre se derrumbó sin un gemido. Latro me arrastró por la pendiente dejándome caer a los pocos pasos. Volvió hacia la figura yacente y se apoderó del acero. Lo vi trajinar sobre el cadáver y me acerqué. Entre ambos lo despojamos del capote y el talego, ocultamos sus despojos con escayas y piedras y nos alejamos del lugar. Habíamos sido descubiertos por un miembro de la avanzada. Latro, luego de aniquilarlo, salvándome de una muerte segura, parecía vacilar. Ignorábamos si antes de atacarme, el hombre habría dado aviso a los suyos o si estos notarían enseguida su ausencia. Nos deslizamos sin ruido por las zonas bajas alejándonos del pasillo hasta que, a espaldas de los restos calcinados de un templo nos detuvimos para recuperar el aliento y pensar. El coro se había interrumpido y algunos gritos aislados rompieron el repentino silencio. El resplandor se inmovilizó fijando el horizonte fracturado de escombros. La procesión se había detenido. Nuestro temor aumentó, al cabo de algún tiempo Latro se encaramó a los restos de la torre, obligándome a permanecer oculto. Cuando descendió de la ennegrecida estructura, su ánimo era más sereno. Seguro de que el alto registrado por la procesión era ajeno a nuestra presencia, concluyó además que el ataque sufrido se debió a la rápida incursión de los hombres de la
avanzada. Estos -dijo-, registraban el área donde habrían de detenerse, cuando uno de ellos dio con nosotros. El talego arrebatado al muerto contenía tres latas y una garrafa de agua salobre. Había además un tramo corto de cable con una anilla en cada extremo y también un tubo con una sustancia cristalina, muy dulce. Comimos en silencio atentos a las voces cada vez más esporádicas que llegaban desde el campamento. Al cabo de un tiempo Latro volvió a observar desde la torre mientras yo, arrebujado en el capote me adormecía en una ensoñación gradual y poderosa.
Inerme y aterido me vi avanzar hacia el altar de las hembras, quienes con morosa suavidad me fueron despojando de mis vestiduras al tiempo que cubrían mi desnudez con el contacto palpitante y cálido de sus carnes. Aprisionado, recorrido por la gozosa humedad de sus bocas y sus lenguas anhelantes, sentí el desamparo de mi sexo dolorosamente enhiesto y abandonado. Un alarido de sangre ansiosa que buscaba ser acallado, ceñido apretadamente por el pozo de fuego protector que jamás debería abandonar. Me dejé caer entre las piernas de una esclava. Sus muslos me retuvieron  con potente suavidad, sin rechazarme pero sin ceder. Por un instante todo mi cuerpo suplicó.
Entonces me sentí invadido por la fuerza. Un irresistible furor, por someter y conquistar, doblegar y apoderarme, único modo verdadero de merecer lo que era mío. Separé sus piernas que cedieron menos a la presión de mis manos que a la ciega determinación de mi deseo. La sentí debatirse y aceptar, exigir y demorarme y sólo fui mi sexo acometiendo, creando mi propio refugio mientras me hundía en ella penetrándola, abriendo su húmeda y caliente resistencia hasta que fuimos un único ser, uno su vientre y el mío, la crispada plenitud de sus pechos y mi boca. Un solo ser indestructible y completo donde la vida ardiente estalló fluyendo liberada en lo profundo de nuestra
poderosa comunión.
Me desperté entre las piedras del templo sintiendo una humedad tibia en mi vientre. Me supe solo como nunca. El silencio mi inquietó. Me deslicé fuera de mi escondite hasta dar con la torre ennegrecida, casi invisible en la oscuridad. El aire estaba inmóvil. Latro era una sombra quieta en lo alto de la estructura. Supe que dormía cuando el acero sujeto a mi correaje, rozó la piedra sin alertarlo. Asiéndome con cuidado a los hierros del armazón, trepé hasta que pude oír su respiración. Miré hacia el pasillo pero todos los fuegos parecían haberse extinguido. Ningún resplandor delataba el emplazamiento del campamento cercano. Bajé.
De nuevo en mi refugio extraje del talego una lata y el tubo con la sustancia dulce, dejé ambas cosas en el nicho sin ocultarlas. Luego de beber unos sorbos de agua me desprendí también de la garrafa. No recordaba otra calma semejante. Habituado al rumor constante del viento, que a veces se exaltaba en un gemido ensordecedor, el silencio de la noche me parecía de una cualidad casi sólida. Durante mucho tiempo no me moví. Las imágenes del sueño volvieron una y otra vez, sumiéndome en la angustiosa sensación de haber perdido algo que nunca había sido mío. Por alguna razón la visión de Latro, vencido por el cansancio alentó mi determinación. Nunca antes me había apartado de él sin darle aviso. Pero necesitaba hacerlo. Necesitaba marchar sin guía, sin la seguridad del cordel atado a mi muñeca. 

Autor: Guillermo Iglesias


sábado, 25 de abril de 2015

DOS

DOS








Antes de partir hacia el oeste demoramos un tiempo en fijar el emplazamiento del pozo. Desde la cumbre del montículo donde yacía la balaustrada se divisaban al norte los restos ennegrecidos de los Atalaya emergiendo del lago de vidrio como gigantescos esqueletos de carbón. Latro hizo unas marcas en un trozo de teja y lo guardó en la alforja. Emprendimos la marcha evitando las alturas y unidos por el cordel a cien pasos uno detrás del otro. Habíamos andado a buen ritmo más de dos kilómetros en dirección al viento, cuando descubrimos el primer depósito. El techo parabólico estaba casi entero, un inmenso cascarudo rodeado de gran cantidad de autos y camiones, algunos conservando aún restos de color y vidrios completos. Supe que Latro se había detenido cuando sentí aflojarse la tensión del cordel. Me reuní con él que estaba oculto detrás de algo parecido a la caja de un ascensor y estudiamos el lugar. Algunas chapas se agitaban con el viento. En los lugares donde se había depositado el polvo no se veían huellas. Decidimos avanzar. Un tramo de escalera de mármol mantenía separada la estructura parabólica del lecho de escombros. Nos deslizamos por esa abertura y comenzamos la búsqueda. Fue un fracaso: el lugar había sido cuidadosamente saqueado. Dimos con algunos restos de ropas de lona y abrigos de cuero que las ratas habían inutilizado por completo. Latro trabajó afanosamente apartando restos hasta lograr alcanzar unas antiparras de metal. Les faltaba un cristal, las guardó en la alforja y emprendimos el regreso. Cerca de la abertura desplazamos una lámina grande de plástico con muchas letras. Ocultaba un pasadizo muy angosto que se perdía hacia abajo en la tiniebla. Latro se quitó la alforja y el abrigo, pero no logró entrar. Finalmente me dejó intentarlo. Con el cordel unido a la muñeca me deslicé al interior. Lo hice de espaldas con los pies hacia adelante, como él me enseñó. Al poco trecho quedé sumido en la oscuridad. Iba a desistir cuando noté que mis pies daban al vacío. Tanteé en torno y logré aferrarme a una saliente del túnel. Supe por el tacto que debía tratarse de un trozo de metal. Algo se desprendió a mi izquierda y rodó hasta el vacío. Por el sonido calculé  que la profundidad de la cámara no podía exceder los tres metros. Giré y me dejé caer. Una saliente me laceró la rodilla y rodé hasta que, con un crujido metálico, algo me detuvo. Quedé agazapado, aferrándome la pierna lastimada. Sentí que la pernera se empapaba y me invadió el terror.
Había visto una multitud de ratas arrastrar el cuerpo del ferroviario cuesta arriba, sus ropas siguieron agitándose cuando ya no quedaban más que los huesos. Latro me había encontrado dos noches después, oculto en la caldera y todavía temblando. No entendí que no me matara y el no entendió que no aceptara la lata que me tendía sin mirarme.
Un tirón en la muñeca me volvió al presente. Respondí con dos tirones cortos y me incorporé lentamente. Sentí la sangre deslizarse por mi pierna y comencé a tantear en la tiniebla. Me desplacé con cuidado y de pronto sentí que algo se derrumbaba, lo supe al instante. Eran latas. Tiré tres veces del cordel para que Latro lo tensara y luego lo fui siguiendo hasta dar con la pared donde estaba la abertura.
Memorizando mis movimientos volví hasta el montón de latas y de a una comencé a arrojarlas tratando de acertar con la boca de salida. Al cabo de varios intentos tuve suerte; seguí arrojando latas hasta que, luego de diez o doce aciertos sentí que la última volvía a caer seguida inmediatamente por otra.
Había obturado la salida. Volví a tensar el cordel y otras dos latas cayeron a mis pies. Me dispuse a salir. Entonces comprendí que era imposible. Pensé en apilar las latas restantes pero supe que no iba a poder encaramarme sobre algo tan inestable. Recorrí a tientas el lugar sintiendo mi bota derecha anegada de sangre. El pánico volvió a atenazarme y el dolor en mi rodilla se acentuó. Pero me dio una idea.
Algo en mi caída vertical me había provocado la herida, algo saliente que quizá pudiera servirme de punto de apoyo. Durante mucho tiempo tanteé la pared debajo de la abertura. Por último salté barriendo con el brazo extendido su superficie y mi mano se estrelló dolorosamente. Volví a saltar y logré aferrarme a lo que parecía ser el extremo de un tubo insertado en ángulo recto a la pared. Lo sentí ceder bajo mi peso y me solté. Entonces oí el primer chillido y enseguida otro y otro más.
Ya no pude pensar. Di cuatro tirones rápidos al cordel y volví a saltar aferrándome lo más cerca posible  de la pared, al tramo de tubo. Me icé todo lo que pude buscando desesperadamente un apoyo para mis pies al tiempo que me sentía jalado con fuerza por el cordel, al que me aferré con ambas manos temiendo que se cortara. Fui arrastrado hacia arriba y logré hacer pie en el débil tramo de caño. Entonces descubrí con desesperación que aún así mis manos no alcanzaban la salida. Los chillidos aumentaron y pronto empezaron los correteos. Volví a estirarme cuanto pude pero fue en vano. Algo se desprendió de la pared junto a mi cara y cayó con un ruido sordo, se multiplicaron los chillidos, intenté saltar y el caño cedió arrastrando consigo un  trozo de pared que golpeó en algo blando. Suspendido del cordel oí con espanto el excitado rumor de una batalla. A mis pies se disputaban con ferocidad, los despojos de una rata herida. Fui izado algo más y logré clavar la punta de mi bota en el hueco dejado por el tubo. Me impulsé hacia arriba y, con angustioso alivio, sentí que mis dedos desplazaban una lata y se aferraban al borde de la abertura. En ese momento, una rata me alcanzó. La presión y el tironeo en mi pierna herida, me colmaron de horror y grité. Me encaramé al borde agitándome con violencia al tiempo que, con mi cara y mis hombros procuraba apartar las latas que obturaban la salida. Logré introducirme en el túnel y me precipité hacia adelante presionando mi pierna contra los escombros para liberarme del ataque. El túnel se llenó de chillidos y a mis gritos se sumaron los de Latro, más allá del recodo donde la débil claridad parecía inalcanzable.
Fui arrancado del pasadizo por los brazos de Latro que de inmediato me dejó caer para enarbolar el mazo. Los animales cayeron aplastados o se dispersaron. Finalmente el asqueroso tropel se hundió en las profundidades del túnel. Durante un tiempo el mazo ensangrentado de Latro siguió golpeando los despojos.
Hasta el anochecer permanecimos ocultos en la caja del ascensor. Latro me había  golpeado la herida con la palma de la mano hasta que volvió a sangrar. Luego me lavó utilizando mucha agua y por último  rodeó el tajo con yeso para detener la sangre. A la caída de sol abandonamos el lugar y, antes de escurrirnos debajo del parabólico, me obligó a caminar en círculos hasta que ya no sentí el dolor.
Nos deslizamos al interior y, luego de ajustar nuestro ojos a la cerrada penumbra, avanzamos hasta la entrada del túnel. Sentí que me abandonaban las fuerzas pero me mantuve en silencio. Latro ató la alforja vacía a un extremo del cordel y me la entregó. Luego golpeó repetidamente las paredes del pasadizo.
Cuando me disponía a entrar me detuvo, arrolló la pernera del pantalón hasta formar un bulto debajo de mi rodilla lastimada. Por último entré. Me arrastré de costado tratando de avanzar rápidamente. El declive me lo facilitaba tanto como luego dificultaría mi regreso. El túnel se ensanchaba ligeramente después del recodo, pero ignoraba si iba a poder girar para emprender la retirada.
Logré introducir ocho latas en la alforja y de inmediato tironeé cuatro veces del cordel. Me arrastré sobre los codos, la alforja jalada con fuerza presionaba contra mi cara. Antes del recodo conseguí girar. Lo demás fue fácil, detrás de mí, casi de inmediato, emergió la alforja. Las latas contenían cera.
Iniciamos el regreso al amanecer. El viento del este arrastraba cenizas de los bosques Bella Vista obligándonos a andar constantemente por las zonas bajas. Varias veces nos perdimos hasta que encaramados sobre una losa de asfalto enclavada en los escombros, divisamos entre los jirones grises las borrosas siluetas de los "Atalaya". Avanzamos con mayor rapidez. A media tarde arribamos al pasillo en un punto al norte del pozo de fuego. Solo tuvimos que descender medio kilómetro manteniéndonos a cien pasos del borde hasta  hallar el cúmulo con la balaustrada.
Latro no dijo nada. Pero supe que también él sentía el alivio y la felicidad de estar de regreso. 

Autor: Guillermo Iglesias. 

lunes, 20 de abril de 2015

UNO

UNO

Durante las últimas noches habíamos rastreado el pozo en vano. Primero fue un hilo de humo. Latro aseguró que provenía del área comercial, tres kilómetros al norte del epicentro. Cuando oscureció emprendimos la marcha evitando los pasillos. Entre los escombros no es difícil perder la orientación. Había luna, pero el viento nocturno disipó el humo y el polvo nos cegó. Cerca de las losas del Atlas oímos gritos. Latro dijo que eran de mujer y empezó a gemir, traté de tranquilizarlo asegurándole que eran de un niño pero, aun cuando los aullidos
cesaron, el ya no quiso seguir avanzando. Nos refugiamos en los restos de un depósito de combustible y dormimos por turno. Latro volvió a soñar con Mara. Lo desperté una sola vez, alertado por un ruido pero enseguida descubrimos a una rata ciega sobre los restos de un surtidor. 
Al amanecer llovía y no había rastros del humo. Aprovechamos el agua para lavarnos los ojos y antes de que amainara la lluvia, reemprendimos la marcha. Cuando llegamos al área comercial el sol se abría paso entre las nubes. Decidimos buscar refugio antes de que volviera a flotar el polvo. Vimos la cabina de un camión pero Latro prefirió no acercarse. Finalmente trepamos un montículo y abrimos un nicho a espaldas del pasillo cercano. Un tramo retorcido de escalera mecánica nos confirmó que estábamos en el centro. Durante el resto de ese día casi no abandonamos el refugio. Bajamos un turno cada uno para explorar el área pero solo dimos con un trozo de espejo. Latro lo encontró a pocos pasos del nicho y regresó para plantármelo frente a la cara. Entonces vi que tenía razón: algunos pelos de mi barba comenzaban a asomar. También vi mis ojos. Al anochecer abrimos una lata y la vaciamos rápidamente. Consumimos unos granos de sal y bebimos agua en abundancia. La columna de humo no volvió a aparecer hasta muy avanzada la noche. Al principio no la vimos. Latro me había despertado para que hiciera mi turno y de pronto se paralizó. Sentí pánico, pero enseguida yo también percibí  el olor.
El humo tenue, apenas unos jirones dispersos sobre los escombros, provenía de un montículo más allá del pasillo. Cuando supe que debíamos atravesarlo, recordé los aullidos de la noche anterior y quise protestar. Pero también recordé mi barba. Seguí a Latro arrastrándome sin ruido hasta el borde. El pasillo era ancho y tenía un recodo demasiado cercano. Nos desplazamos hacia el norte hasta un tramo bastante largo y durante mucho tiempo exploramos la pared opuesta en busca de escondrijos. Finalmente decidimos bajar arriesgándonos a ser sorprendidos ya que nos era imposible revisar nuestra propia margen, vertical y en sombras. A punto de iniciar el descenso se me ocurrió utilizar el espejo. Lo atamos al extremo del cordel y lo dejamos caer lentamente utilizando un tramo de madera a modo de caña. No sirvió de mucho, apenas logramos vislumbrar una estrecha franja del borde superior antes de perder ángulo. Por último acordamos descender por puntos diferentes, distantes cincuenta pasos el uno del otro. Cruzamos sin dificultad, pero no pude evitar que algunos cascotes se desprendieran. El ruido se transmitiría entre las paredes del pasillo a mucha distancia. En cuanto nos reunimos en el lado opuesto buscamos refugio. Durante largo tiempo no nos movimos. A menos de cien pasos el humo seguía brotando entre los escombros. 
Los pozos de fuego que habíamos encontrado en los dos últimos inviernos tenían una sola entrada, oculta y muy estrecha, fácil de defender, pero también, como me había enseñado Latro, muy fácil de atacar. Bastaba armarse de paciencia y del mazo, claro. Pero ahora no hallábamos la abertura. Tres veces rodeamos la fuente de humo en círculos cada vez más estrechos. Por fin decidimos apartar con cuidado algunos trozos de mampostería en el punto exacto de donde escapaba la columna de humo. A un brazo de profundidad dimos con el extremo de una chimenea cuyo origen era imposible localizar. Volvimos a explorar los alrededores. Amanecía cuando desistimos. Me dolían los ojos y Latro parecía estar, además de furioso, algo avergonzado.
Para no tener que turnarnos decidimos dormir en nichos apartados. Cada uno se ató a su muñeca un extremo del cordel y nos separamos ocultando toda su extensión entre las piedras. Me dormí enseguida. Cuando desperté con el sol alto lo vi. Llevaba un casco de motociclista que le ocultaba el rostro. A doscientos pasos sorteaba con lentitud los fragmentos de una columna de hormigón que conservaba restos de pintura. Me contuve para no jalar del cordel. Temí sobresaltar a Latro y delatar nuestra presencia. El hombre desapareció detrás de un cúmulo donde yacía un tramo de balaustrada casi intacto. No me moví hasta pasado un largo rato. Seguí el tendido del cordel y di con Latro. Estaba despierto pero no lograba despegar los párpados que le habían supurado durante el sueño. Todavía conservábamos más de medio frasco de colirio pero se negó a usarlo. Entibiamos agua en las palmas de las manos y al cabo de  un tiempo logró recuperarse. Cuando supo mi descubrimiento afectó indiferencia. No le gustó el casco pero se tranquilizó cuando le aseguré que el hombre era lento y parecía viejo. Nos emplazamos con mucho cuidado en un punto desde el que divisábamos con comodidad el cúmulo con la balaustrada. 
El día pasó lentamente. Latro insistió en obligarme a leer. En un trecho de friso que emergía entre los hierros retorcidos de una estructura, logré descifrar las palabras "ahora" y "feliz". Durante el ocaso, entre los jirones de polvo rojo que flotaban en el horizonte, vislumbramos a gran altura la silueta de un pájaro. No volvimos a ver al viejo y no nos movimos por temor a dar con él antes de que nos revelara la entrada al pozo. Nos disponíamos a dormir cuando reapareció el humo. Había burlado nuestra guardia. Nos quedaba una sola lata pero el agua no iba a convertirse en problema. Latro accedió a utilizar unas gotas de colirio  y resolvimos esperar otra jornada. Antes del amanecer me despertó la presión de la mano de Latro en mi boca. Me quedé inmóvil. Algo se arrastraba por el pasillo gimiendo quedamente. El rumor de muchos pies nos llenó de espanto. No volvimos a dormir hasta muy entrado el día. Hubo mucho viento y el polvo nos torturó con furia hasta  la puesta de sol. 
Abrimos la última lata y comimos lentamente sin mirarnos. Aun nos quedaba un resto de agua y sabíamos que no iba a ser difícil encontrar más. Por eso no entendí al principio la agitación de Latro. Cuando por fin los primeros jirones de humo empezaron ondular, nos arrastramos hasta la chimenea que habíamos vuelto a ocultar con los escombros y una vez más despejamos su oscura boca circular. Entonces comprendí. Sin decir nada  Latro vació la alforja y haciendo un bollo con ella obturó la salida de humo. Nos quedamos mirando en torno esperando que el viejo apareciera. Pero no apareció. Entonces, a cien pasos, en un cúmulo  de lajas oscuras y varillas de metal vimos un penacho de humo blanquecino que por un momento pareció inmovilizarse sobre las piedras fracturadas. Corrimos sin ningún cuidado hasta el lugar y apartando una laja dimos con la entrada. El humo acumulado nos cegó. Nos apartamos sofocando la tos. Entonces alguien tosió, y lo vimos. Trastabillando, ciego, semioculto en el humo, la muerte le llegó con la precisión de un solo golpe. Corrí hacia la salida de la chimenea y recuperé la alforja liberando el tubo. Volví junto a Latro y entre ambos apartamos el cuerpo muchos pasos. Latro lo revisaba ansiosamente. De pronto, dejándose caer de rodillas, alzó la cara hacia las estrellas sosteniendo en lo alto un frasco envuelto en paño:
-Colirio -murmuró. 
Emprendimos el regreso hacia el pozo, luego de tapar el cuerpo con muchas piedras. Esperamos sin acercarnos demasiado a que se disipara el humo. Antes del amanecer entramos volviendo a colocar la laja detrás de nosotros para ocultar la abertura. Quedamos sumidos en una oscuridad casi completa. El túnel era corto y tenía un recodo. Un mortecino resplandor nos guió hasta la burbuja. Era grande. La más grande que hubiésemos visto nunca. Podíamos caminar erguidos cuatro pasos y tres más agachándonos apenas. El techo, ennegrecido por la bujía era monolítico y plano. En un ángulo, sobre el nivel del piso que estaba seco se abría un nicho donde todavía ardían unas pocas brasas a punto de consumirse. A un lado vimos una yacija de paños gruesos tendida sobre una malla metálica. En la pared de enfrente estaban los anaqueles con las vituallas. Y había libros. En el ángulo opuesto al fuego, casi en penumbras dimos con dos tambores con aceite y dentro de cada uno, más de sesenta latas sumergidas en el líquido. Luego de rebuscar arduamente hallamos la sal. Latro se había sentado  en un tramo de tubería de hierro de unos treinta centímetros de diámetro. Estaba asentado junto al nicho del fuego, sobre un lecho de mortero blanco. Al principio no vimos nada, ambos extremos estaban obturados con tierra . Latro golpeó entonces el metal con el cabo de su mazo. Primero se desprendió la tierra y enseguida  asomó un cilindro compacto de sal envuelto en tela encerada.
El lugar atesoraba innumerables bienes que fuimos descubriendo a medida que avanzaba el día. Algunas cosas parecían inútiles pero convinimos en dejar todo tal como lo encontramos. De la pared opuesta a los anaqueles pendía a media altura un teclado de computadora. Intentamos descolgarlo pero parecía adherido. Presionando por los bordes logramos retirarlo hacia atrás y descubrimos con sorpresa que, a modo de tapa, obturaba el extremo de un tubo rectangular por el cual, a muchos pasos de distancia pudimos ver un retazo de cielo. Sentimos que el aire de la burbuja se renovaba y las moribundas brasas volvían a crepitar. Era un buen lugar y así lo dije. Latro me recordó que no había sido bueno para mantener con vida a su ocupante. Descansamos una jornada completa. No volvimos a encender fuego pero abrimos tres latas y bebimos un líquido ambarino que nos calentó las entrañas y nos adormeció. Durante la noche, a intervalos más o menos regulares, destapamos la abertura rectangular para renovar el aire y detectar los sonidos del exterior. Una sola vez, antes del amanecer oímos gritos, pero sonaron a mucha distancia.
Antes del mediodía salimos. Intentamos en vano localizar la boca exterior de nuestra entrada de aire. En esa pendiente del cúmulo se amontonaba gran cantidad de perfiles y chapas retorcidas y oxidadas que desalentaban cualquier búsqueda.

Autor: Guillermo Iglesias.