CUATRO
Caminé hacia el norte evitando las elevaciones. Anduve medio kilómetro, manteniendo la distancia que me separaba del pasillo. Al borde de una hondonada me detuve. Era el profundo hueco dejado por una gran estructura de hormigón, arrancada casi intacta de su emplazamiento. El lugar estaba erizado de hierros y pilares fracturados que triplicaban mi altura. Descendí algunos pasos y, sin ocultarme, me recosté contra la base de uno de los pilares. Me mantuve vigilante, atento al más leve sonido. La calma y el silencio me instaron a seguir. Me encaminé hacia el pasillo.
Mi propósito era volver por el corredor hasta llegar por la retaguardia a la procesión detenida. Avancé rápido, sorteando los cúmulos altos y evitando los claros. Cuando llegué al pasillo no vacilé. Descendí por su margen abrupta tanteando las salientes, asegurándome que resistirían mi peso sin desmoronarse. Alcancé el piso a pocos brazos de profundidad. Sin apartarme de la margen, anduve algunos pasos. Percibí un declive pronunciado que facilitaría mi marcha. Entonces me detuve. Cumplida la primera parte del plan, ignoraba como obrar cuando alcanzase mi objetivo. Sabía que el capote del custodio muerto, me posibilitaría ser confundido en las oscuridad con un miembro del grupo. Pero, con seguridad, el campamento se hallaba emplazado de acuerdo con un orden preciso que me era imposible prever. Mi aparición en un sector equivocado, determinaría el fin de mi incursión y mi muerte.
Me hallaba todavía tratando de imaginar como proceder, cuando la primera ráfaga de viento atravesó el silencio como un alarido. Sobresaltado me apoyé de espaldas en la pared vertical mientras el polvo y los guijarros desprendidos crepitaban con furia contra la margen opuesta. El viento cesó y le siguió un breve intervalo de quietud en el que solo atiné a desplazarme indeciso en busca de una hendidura. De pronto todo estalló. Con un ulular ensordecedor el huracán se abatió sobre la superficie. Potentísimas ráfagas se arremolinaron entre las paredes del pasillo aplastándome contra mi precario refugio. Fui azotado por un torbellino de partículas, sofocado por el polvo y la ceniza. Algunas piedras rodaban hasta mí y era alcanzado por los fragmentos de las que se estrellaban contra la margen opuesta. Pronto me hallé semienterrado, ahogado por el polvo que me estragaba la garganta. Encogido, incapaz de moverme por temor a ser arrancado del ángulo donde me hallaba, oí, por encima del estruendo creciente, un sibilante gemido que cortó el aire y retumbó con un estampido. Supe que era una lámina de metal. Otras le siguieron en rápida
sucesión, como si la enorme fuerza desatada, hubiese arrancado entero un cúmulo de chapas. Temí que el torbellino las envolviera en su furia y las lanzara sobre mí, despedazándome.
Latro no estaría esta vez para detener el acero letal. Yo lo había abandonado. Su recuerdo me sumió aun más en la desesperación. Lo imaginé en la superficie, expuesto a la fragorosa violencia del huracán. Buscándome. Durante mucho tiempo permanecí agazapado, sin apartar las piedras que se acumulaban sobre mi cuerpo y que me protegían de los sucesivos impactos. La oscuridad fue cediendo pero el poder del huracán parecía aumentar por momentos.
Vislumbré a través de mis dedos una lóbrega claridad desgarrada por el remolino de partículas. Agotado, caí en un sopor poblado de visiones y recuerdos confusos. Vi los restos del campamento aniquilado. Vi los cuerpos enterrados de las esclavas y el vientre desgarrado de la Hembra Magnífica. Vi ratas arrastrándome a través de un túnel. Brasas crepitando en el pozo de fuego. Vi al viejo con el espinazo partido. Y latas, y un frasco de colirio. Vi el mazo de Latro sepultado en los escombros. Vi los huesos de su mano aferrando aún el cabo ensangrentado. Y también en la perdida tibieza del pasado, vi a una mujer sin rostro inclinarse sobre mi, y ponerme a salvo entre sus brazos.
Autor: Guillermo Iglesias.

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