lunes, 20 de abril de 2015

UNO

UNO

Durante las últimas noches habíamos rastreado el pozo en vano. Primero fue un hilo de humo. Latro aseguró que provenía del área comercial, tres kilómetros al norte del epicentro. Cuando oscureció emprendimos la marcha evitando los pasillos. Entre los escombros no es difícil perder la orientación. Había luna, pero el viento nocturno disipó el humo y el polvo nos cegó. Cerca de las losas del Atlas oímos gritos. Latro dijo que eran de mujer y empezó a gemir, traté de tranquilizarlo asegurándole que eran de un niño pero, aun cuando los aullidos
cesaron, el ya no quiso seguir avanzando. Nos refugiamos en los restos de un depósito de combustible y dormimos por turno. Latro volvió a soñar con Mara. Lo desperté una sola vez, alertado por un ruido pero enseguida descubrimos a una rata ciega sobre los restos de un surtidor. 
Al amanecer llovía y no había rastros del humo. Aprovechamos el agua para lavarnos los ojos y antes de que amainara la lluvia, reemprendimos la marcha. Cuando llegamos al área comercial el sol se abría paso entre las nubes. Decidimos buscar refugio antes de que volviera a flotar el polvo. Vimos la cabina de un camión pero Latro prefirió no acercarse. Finalmente trepamos un montículo y abrimos un nicho a espaldas del pasillo cercano. Un tramo retorcido de escalera mecánica nos confirmó que estábamos en el centro. Durante el resto de ese día casi no abandonamos el refugio. Bajamos un turno cada uno para explorar el área pero solo dimos con un trozo de espejo. Latro lo encontró a pocos pasos del nicho y regresó para plantármelo frente a la cara. Entonces vi que tenía razón: algunos pelos de mi barba comenzaban a asomar. También vi mis ojos. Al anochecer abrimos una lata y la vaciamos rápidamente. Consumimos unos granos de sal y bebimos agua en abundancia. La columna de humo no volvió a aparecer hasta muy avanzada la noche. Al principio no la vimos. Latro me había despertado para que hiciera mi turno y de pronto se paralizó. Sentí pánico, pero enseguida yo también percibí  el olor.
El humo tenue, apenas unos jirones dispersos sobre los escombros, provenía de un montículo más allá del pasillo. Cuando supe que debíamos atravesarlo, recordé los aullidos de la noche anterior y quise protestar. Pero también recordé mi barba. Seguí a Latro arrastrándome sin ruido hasta el borde. El pasillo era ancho y tenía un recodo demasiado cercano. Nos desplazamos hacia el norte hasta un tramo bastante largo y durante mucho tiempo exploramos la pared opuesta en busca de escondrijos. Finalmente decidimos bajar arriesgándonos a ser sorprendidos ya que nos era imposible revisar nuestra propia margen, vertical y en sombras. A punto de iniciar el descenso se me ocurrió utilizar el espejo. Lo atamos al extremo del cordel y lo dejamos caer lentamente utilizando un tramo de madera a modo de caña. No sirvió de mucho, apenas logramos vislumbrar una estrecha franja del borde superior antes de perder ángulo. Por último acordamos descender por puntos diferentes, distantes cincuenta pasos el uno del otro. Cruzamos sin dificultad, pero no pude evitar que algunos cascotes se desprendieran. El ruido se transmitiría entre las paredes del pasillo a mucha distancia. En cuanto nos reunimos en el lado opuesto buscamos refugio. Durante largo tiempo no nos movimos. A menos de cien pasos el humo seguía brotando entre los escombros. 
Los pozos de fuego que habíamos encontrado en los dos últimos inviernos tenían una sola entrada, oculta y muy estrecha, fácil de defender, pero también, como me había enseñado Latro, muy fácil de atacar. Bastaba armarse de paciencia y del mazo, claro. Pero ahora no hallábamos la abertura. Tres veces rodeamos la fuente de humo en círculos cada vez más estrechos. Por fin decidimos apartar con cuidado algunos trozos de mampostería en el punto exacto de donde escapaba la columna de humo. A un brazo de profundidad dimos con el extremo de una chimenea cuyo origen era imposible localizar. Volvimos a explorar los alrededores. Amanecía cuando desistimos. Me dolían los ojos y Latro parecía estar, además de furioso, algo avergonzado.
Para no tener que turnarnos decidimos dormir en nichos apartados. Cada uno se ató a su muñeca un extremo del cordel y nos separamos ocultando toda su extensión entre las piedras. Me dormí enseguida. Cuando desperté con el sol alto lo vi. Llevaba un casco de motociclista que le ocultaba el rostro. A doscientos pasos sorteaba con lentitud los fragmentos de una columna de hormigón que conservaba restos de pintura. Me contuve para no jalar del cordel. Temí sobresaltar a Latro y delatar nuestra presencia. El hombre desapareció detrás de un cúmulo donde yacía un tramo de balaustrada casi intacto. No me moví hasta pasado un largo rato. Seguí el tendido del cordel y di con Latro. Estaba despierto pero no lograba despegar los párpados que le habían supurado durante el sueño. Todavía conservábamos más de medio frasco de colirio pero se negó a usarlo. Entibiamos agua en las palmas de las manos y al cabo de  un tiempo logró recuperarse. Cuando supo mi descubrimiento afectó indiferencia. No le gustó el casco pero se tranquilizó cuando le aseguré que el hombre era lento y parecía viejo. Nos emplazamos con mucho cuidado en un punto desde el que divisábamos con comodidad el cúmulo con la balaustrada. 
El día pasó lentamente. Latro insistió en obligarme a leer. En un trecho de friso que emergía entre los hierros retorcidos de una estructura, logré descifrar las palabras "ahora" y "feliz". Durante el ocaso, entre los jirones de polvo rojo que flotaban en el horizonte, vislumbramos a gran altura la silueta de un pájaro. No volvimos a ver al viejo y no nos movimos por temor a dar con él antes de que nos revelara la entrada al pozo. Nos disponíamos a dormir cuando reapareció el humo. Había burlado nuestra guardia. Nos quedaba una sola lata pero el agua no iba a convertirse en problema. Latro accedió a utilizar unas gotas de colirio  y resolvimos esperar otra jornada. Antes del amanecer me despertó la presión de la mano de Latro en mi boca. Me quedé inmóvil. Algo se arrastraba por el pasillo gimiendo quedamente. El rumor de muchos pies nos llenó de espanto. No volvimos a dormir hasta muy entrado el día. Hubo mucho viento y el polvo nos torturó con furia hasta  la puesta de sol. 
Abrimos la última lata y comimos lentamente sin mirarnos. Aun nos quedaba un resto de agua y sabíamos que no iba a ser difícil encontrar más. Por eso no entendí al principio la agitación de Latro. Cuando por fin los primeros jirones de humo empezaron ondular, nos arrastramos hasta la chimenea que habíamos vuelto a ocultar con los escombros y una vez más despejamos su oscura boca circular. Entonces comprendí. Sin decir nada  Latro vació la alforja y haciendo un bollo con ella obturó la salida de humo. Nos quedamos mirando en torno esperando que el viejo apareciera. Pero no apareció. Entonces, a cien pasos, en un cúmulo  de lajas oscuras y varillas de metal vimos un penacho de humo blanquecino que por un momento pareció inmovilizarse sobre las piedras fracturadas. Corrimos sin ningún cuidado hasta el lugar y apartando una laja dimos con la entrada. El humo acumulado nos cegó. Nos apartamos sofocando la tos. Entonces alguien tosió, y lo vimos. Trastabillando, ciego, semioculto en el humo, la muerte le llegó con la precisión de un solo golpe. Corrí hacia la salida de la chimenea y recuperé la alforja liberando el tubo. Volví junto a Latro y entre ambos apartamos el cuerpo muchos pasos. Latro lo revisaba ansiosamente. De pronto, dejándose caer de rodillas, alzó la cara hacia las estrellas sosteniendo en lo alto un frasco envuelto en paño:
-Colirio -murmuró. 
Emprendimos el regreso hacia el pozo, luego de tapar el cuerpo con muchas piedras. Esperamos sin acercarnos demasiado a que se disipara el humo. Antes del amanecer entramos volviendo a colocar la laja detrás de nosotros para ocultar la abertura. Quedamos sumidos en una oscuridad casi completa. El túnel era corto y tenía un recodo. Un mortecino resplandor nos guió hasta la burbuja. Era grande. La más grande que hubiésemos visto nunca. Podíamos caminar erguidos cuatro pasos y tres más agachándonos apenas. El techo, ennegrecido por la bujía era monolítico y plano. En un ángulo, sobre el nivel del piso que estaba seco se abría un nicho donde todavía ardían unas pocas brasas a punto de consumirse. A un lado vimos una yacija de paños gruesos tendida sobre una malla metálica. En la pared de enfrente estaban los anaqueles con las vituallas. Y había libros. En el ángulo opuesto al fuego, casi en penumbras dimos con dos tambores con aceite y dentro de cada uno, más de sesenta latas sumergidas en el líquido. Luego de rebuscar arduamente hallamos la sal. Latro se había sentado  en un tramo de tubería de hierro de unos treinta centímetros de diámetro. Estaba asentado junto al nicho del fuego, sobre un lecho de mortero blanco. Al principio no vimos nada, ambos extremos estaban obturados con tierra . Latro golpeó entonces el metal con el cabo de su mazo. Primero se desprendió la tierra y enseguida  asomó un cilindro compacto de sal envuelto en tela encerada.
El lugar atesoraba innumerables bienes que fuimos descubriendo a medida que avanzaba el día. Algunas cosas parecían inútiles pero convinimos en dejar todo tal como lo encontramos. De la pared opuesta a los anaqueles pendía a media altura un teclado de computadora. Intentamos descolgarlo pero parecía adherido. Presionando por los bordes logramos retirarlo hacia atrás y descubrimos con sorpresa que, a modo de tapa, obturaba el extremo de un tubo rectangular por el cual, a muchos pasos de distancia pudimos ver un retazo de cielo. Sentimos que el aire de la burbuja se renovaba y las moribundas brasas volvían a crepitar. Era un buen lugar y así lo dije. Latro me recordó que no había sido bueno para mantener con vida a su ocupante. Descansamos una jornada completa. No volvimos a encender fuego pero abrimos tres latas y bebimos un líquido ambarino que nos calentó las entrañas y nos adormeció. Durante la noche, a intervalos más o menos regulares, destapamos la abertura rectangular para renovar el aire y detectar los sonidos del exterior. Una sola vez, antes del amanecer oímos gritos, pero sonaron a mucha distancia.
Antes del mediodía salimos. Intentamos en vano localizar la boca exterior de nuestra entrada de aire. En esa pendiente del cúmulo se amontonaba gran cantidad de perfiles y chapas retorcidas y oxidadas que desalentaban cualquier búsqueda.

Autor: Guillermo Iglesias. 



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