sábado, 25 de abril de 2015

DOS

DOS








Antes de partir hacia el oeste demoramos un tiempo en fijar el emplazamiento del pozo. Desde la cumbre del montículo donde yacía la balaustrada se divisaban al norte los restos ennegrecidos de los Atalaya emergiendo del lago de vidrio como gigantescos esqueletos de carbón. Latro hizo unas marcas en un trozo de teja y lo guardó en la alforja. Emprendimos la marcha evitando las alturas y unidos por el cordel a cien pasos uno detrás del otro. Habíamos andado a buen ritmo más de dos kilómetros en dirección al viento, cuando descubrimos el primer depósito. El techo parabólico estaba casi entero, un inmenso cascarudo rodeado de gran cantidad de autos y camiones, algunos conservando aún restos de color y vidrios completos. Supe que Latro se había detenido cuando sentí aflojarse la tensión del cordel. Me reuní con él que estaba oculto detrás de algo parecido a la caja de un ascensor y estudiamos el lugar. Algunas chapas se agitaban con el viento. En los lugares donde se había depositado el polvo no se veían huellas. Decidimos avanzar. Un tramo de escalera de mármol mantenía separada la estructura parabólica del lecho de escombros. Nos deslizamos por esa abertura y comenzamos la búsqueda. Fue un fracaso: el lugar había sido cuidadosamente saqueado. Dimos con algunos restos de ropas de lona y abrigos de cuero que las ratas habían inutilizado por completo. Latro trabajó afanosamente apartando restos hasta lograr alcanzar unas antiparras de metal. Les faltaba un cristal, las guardó en la alforja y emprendimos el regreso. Cerca de la abertura desplazamos una lámina grande de plástico con muchas letras. Ocultaba un pasadizo muy angosto que se perdía hacia abajo en la tiniebla. Latro se quitó la alforja y el abrigo, pero no logró entrar. Finalmente me dejó intentarlo. Con el cordel unido a la muñeca me deslicé al interior. Lo hice de espaldas con los pies hacia adelante, como él me enseñó. Al poco trecho quedé sumido en la oscuridad. Iba a desistir cuando noté que mis pies daban al vacío. Tanteé en torno y logré aferrarme a una saliente del túnel. Supe por el tacto que debía tratarse de un trozo de metal. Algo se desprendió a mi izquierda y rodó hasta el vacío. Por el sonido calculé  que la profundidad de la cámara no podía exceder los tres metros. Giré y me dejé caer. Una saliente me laceró la rodilla y rodé hasta que, con un crujido metálico, algo me detuvo. Quedé agazapado, aferrándome la pierna lastimada. Sentí que la pernera se empapaba y me invadió el terror.
Había visto una multitud de ratas arrastrar el cuerpo del ferroviario cuesta arriba, sus ropas siguieron agitándose cuando ya no quedaban más que los huesos. Latro me había encontrado dos noches después, oculto en la caldera y todavía temblando. No entendí que no me matara y el no entendió que no aceptara la lata que me tendía sin mirarme.
Un tirón en la muñeca me volvió al presente. Respondí con dos tirones cortos y me incorporé lentamente. Sentí la sangre deslizarse por mi pierna y comencé a tantear en la tiniebla. Me desplacé con cuidado y de pronto sentí que algo se derrumbaba, lo supe al instante. Eran latas. Tiré tres veces del cordel para que Latro lo tensara y luego lo fui siguiendo hasta dar con la pared donde estaba la abertura.
Memorizando mis movimientos volví hasta el montón de latas y de a una comencé a arrojarlas tratando de acertar con la boca de salida. Al cabo de varios intentos tuve suerte; seguí arrojando latas hasta que, luego de diez o doce aciertos sentí que la última volvía a caer seguida inmediatamente por otra.
Había obturado la salida. Volví a tensar el cordel y otras dos latas cayeron a mis pies. Me dispuse a salir. Entonces comprendí que era imposible. Pensé en apilar las latas restantes pero supe que no iba a poder encaramarme sobre algo tan inestable. Recorrí a tientas el lugar sintiendo mi bota derecha anegada de sangre. El pánico volvió a atenazarme y el dolor en mi rodilla se acentuó. Pero me dio una idea.
Algo en mi caída vertical me había provocado la herida, algo saliente que quizá pudiera servirme de punto de apoyo. Durante mucho tiempo tanteé la pared debajo de la abertura. Por último salté barriendo con el brazo extendido su superficie y mi mano se estrelló dolorosamente. Volví a saltar y logré aferrarme a lo que parecía ser el extremo de un tubo insertado en ángulo recto a la pared. Lo sentí ceder bajo mi peso y me solté. Entonces oí el primer chillido y enseguida otro y otro más.
Ya no pude pensar. Di cuatro tirones rápidos al cordel y volví a saltar aferrándome lo más cerca posible  de la pared, al tramo de tubo. Me icé todo lo que pude buscando desesperadamente un apoyo para mis pies al tiempo que me sentía jalado con fuerza por el cordel, al que me aferré con ambas manos temiendo que se cortara. Fui arrastrado hacia arriba y logré hacer pie en el débil tramo de caño. Entonces descubrí con desesperación que aún así mis manos no alcanzaban la salida. Los chillidos aumentaron y pronto empezaron los correteos. Volví a estirarme cuanto pude pero fue en vano. Algo se desprendió de la pared junto a mi cara y cayó con un ruido sordo, se multiplicaron los chillidos, intenté saltar y el caño cedió arrastrando consigo un  trozo de pared que golpeó en algo blando. Suspendido del cordel oí con espanto el excitado rumor de una batalla. A mis pies se disputaban con ferocidad, los despojos de una rata herida. Fui izado algo más y logré clavar la punta de mi bota en el hueco dejado por el tubo. Me impulsé hacia arriba y, con angustioso alivio, sentí que mis dedos desplazaban una lata y se aferraban al borde de la abertura. En ese momento, una rata me alcanzó. La presión y el tironeo en mi pierna herida, me colmaron de horror y grité. Me encaramé al borde agitándome con violencia al tiempo que, con mi cara y mis hombros procuraba apartar las latas que obturaban la salida. Logré introducirme en el túnel y me precipité hacia adelante presionando mi pierna contra los escombros para liberarme del ataque. El túnel se llenó de chillidos y a mis gritos se sumaron los de Latro, más allá del recodo donde la débil claridad parecía inalcanzable.
Fui arrancado del pasadizo por los brazos de Latro que de inmediato me dejó caer para enarbolar el mazo. Los animales cayeron aplastados o se dispersaron. Finalmente el asqueroso tropel se hundió en las profundidades del túnel. Durante un tiempo el mazo ensangrentado de Latro siguió golpeando los despojos.
Hasta el anochecer permanecimos ocultos en la caja del ascensor. Latro me había  golpeado la herida con la palma de la mano hasta que volvió a sangrar. Luego me lavó utilizando mucha agua y por último  rodeó el tajo con yeso para detener la sangre. A la caída de sol abandonamos el lugar y, antes de escurrirnos debajo del parabólico, me obligó a caminar en círculos hasta que ya no sentí el dolor.
Nos deslizamos al interior y, luego de ajustar nuestro ojos a la cerrada penumbra, avanzamos hasta la entrada del túnel. Sentí que me abandonaban las fuerzas pero me mantuve en silencio. Latro ató la alforja vacía a un extremo del cordel y me la entregó. Luego golpeó repetidamente las paredes del pasadizo.
Cuando me disponía a entrar me detuvo, arrolló la pernera del pantalón hasta formar un bulto debajo de mi rodilla lastimada. Por último entré. Me arrastré de costado tratando de avanzar rápidamente. El declive me lo facilitaba tanto como luego dificultaría mi regreso. El túnel se ensanchaba ligeramente después del recodo, pero ignoraba si iba a poder girar para emprender la retirada.
Logré introducir ocho latas en la alforja y de inmediato tironeé cuatro veces del cordel. Me arrastré sobre los codos, la alforja jalada con fuerza presionaba contra mi cara. Antes del recodo conseguí girar. Lo demás fue fácil, detrás de mí, casi de inmediato, emergió la alforja. Las latas contenían cera.
Iniciamos el regreso al amanecer. El viento del este arrastraba cenizas de los bosques Bella Vista obligándonos a andar constantemente por las zonas bajas. Varias veces nos perdimos hasta que encaramados sobre una losa de asfalto enclavada en los escombros, divisamos entre los jirones grises las borrosas siluetas de los "Atalaya". Avanzamos con mayor rapidez. A media tarde arribamos al pasillo en un punto al norte del pozo de fuego. Solo tuvimos que descender medio kilómetro manteniéndonos a cien pasos del borde hasta  hallar el cúmulo con la balaustrada.
Latro no dijo nada. Pero supe que también él sentía el alivio y la felicidad de estar de regreso. 

Autor: Guillermo Iglesias. 

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