TRES
Los ojos de Latro sanaron en pocas jornadas, y mi rodilla también. Habíamos vuelto a salir en busca de provisiones. Siguiendo los pasos del viejo por donde yo recordaba haberlo visto por primera vez, dimos con un depósito cerca de los fragmentos de la columna con restos de pintura, a menos de medio kilómetro. Rodeamos, como siempre lo hacíamos, muchos cráneos y otros restos óseos apilados en torno a una pira ritual. Entonces Latro se detuvo. La piedra de sangre se veía seca y sólo conservaba rastros ocres en las hendiduras más profundas. Primero se acercó Latro. Cuando me reuní con él tratando de no mirar a mi alrededor, me señaló una huella en la ceniza. Entre ambos empujamos la piedra. Se inclinó con facilidad y dimos con la abertura. Pero en cuanto la soltamos recuperó su posición volviendo a ocultar la entrada. Por último la trabamos, calzando en su
base algunos guijarros ennegrecidos. No se trataba en realidad de un depósito. Era un almacén, aunque no lo reconocimos de inmediato. La cámara era de mi altura y de unos tres pasos de lado pero en su interior solo vimos piedras blanquecinas de tamaño regular. Me dispuse a removerlas y me sorprendió su ligereza. Las latas, junto con algunos guijarros, estaban envueltas en tela enyesada. Cada piedra falsa contenía tres y hasta cuatro latas engrasadas y en buen estado.
El frío del invierno se hizo más intenso y el líquido ambarino bajó de nivel.Pero continuamos negándonos a encender fuego. Sabíamos que el humo nos haría vulnerables. El viejo había muerto, pero seguíamos aprendiendo de él.
Una noche en que no se veían las estrellas, yo exploraba la pendiente por la que asomaba nuestra toma de aire. Buscaba un punto de luz entre el cúmulo de chapas y perfiles retorcidos. Desde el interior del pozo, Latro sostenía el candil en la boca del conducto. Dos o tres veces creí vislumbrar un reflejo. De pronto, aterrado, descubrí frente a mí las sombras que mi propio cuerpo proyectaba. Giré agachándome al tiempo que divisaba al sur, a menos de trescientos pasos, el gran resplandor de un fuego abierto. Me arrastré rodeando el cúmulo hasta la entrada y me precipité al interior. Latro se había agazapado enarbolando su mazo.
-Vienen -dije. De inmediato cubrimos el candil con el tiesto perforado y atravesamos la penumbra en busca de la salida. Una vez afuera ocultamos con cuidado la boca del túnel y nos arrastramos hasta la cima de una escombrera coronada por grandes bloques de hormigón. Desde nuestro emplazamiento enfrentábamos un trecho del pasillo cuyo curso, después del recodo se desviaba formando una curva hacia el este.
El resplandor se acercaba muy lentamente por el tramo oculto del corredor. Ambos sabíamos que el peligro inmediato era la avanzada que con seguridad se deslizaba silenciosa y acechante por lo alto de las márgenes en sombras. No nos movimos. El viento disminuyó de intensidad y por un instante percibimos el clamor bajo y monocorde de la procesión que parecía haberse detenido. Sin embargo casi de inmediato, una vanguardia de sombras ondulantes se proyectó contra el piso y las márgenes verticales del pasillo. A mi lado la respiración cada vez más agitada de Latro me obligó a desviar la mirada. Inmóvil, con los músculos en tensión, parecía a punto de abandonar el escondite para enfrentarse con la multitud.
-¿Qué?- murmuré. Pero no respondió. Volví a mirar hacia el pasillo y entonces los vi. Encorvados, presionando sus torsos contra los arneses, las primeras filas de seres emergían del recodo arrastrando agónicamente el altar de fuego, todavía invisible. El trecho de pasillo, del que no podíamos apartar nuestros ojos, se fue colmando línea tras línea con un flujo lento y monótono, apenas demorado por el resbalón o la caída de algún desafortunado que a su vez era arrastrado por la multitud hasta que lograba incorporarse. Todo el tramo de pasillo que abarcábamos se cubrió de esa apretada y ondulante multitud. Uno de esos torturados perdió pie y se hundió, volvió a emerger por un instante pero enseguida algo pareció arrastrarlo hacia abajo. La marea se cerró ocupando definitivamente el espacio vacío.
El grave clamor, apenas audible entre las ráfagas de viento, había ido aumentando de volumen, transformándose, hasta que la noche vibró en una monótona salmodia acompasada al lento y poderoso avance de la procesión. El resplandor de las llamas iluminaba vivamente las anfractuosidades del recodo, proyectando su luz en las espaldas encorvadas de las últimas filas. Entonces, precedida de un haz de tensas cuerdas como trazos de fuego blanco, la carroza del altar, rodeada de innumerables antorchas transpuso el recodo y se reveló a mis ojos en un estallido de claridad.
Con angustia y fascinación vi los cuerpos desnudos de las mujeres. Y comprendí. La agitación de Latro, la vibrante tensión de su cuerpo, cobraron para mí su verdadero sentido. Eso y la barba en mi cara. Un recuerdo impreciso se apoderó de mi sangre, un recuerdo de tibieza y seguridad que pareció instalarse en las palmas agrietadas de mis manos. La visión me incendió las entrañas como un líquido ambarino infinitamente poderoso. En el centro de la carroza, sobre un bloque de mármol pulido rodeado de fuego, de rodillas, con la garganta expuesta al cielo, yacía inmóvil y resplandeciente la Hembra de la Continuación, con su vientre henchido de preñez. En torno al altar, un lecho de arena negra exaltaba la palidez de los cuerpos entrelazados de las Esclavas Oferentes. Ondulaban en la cadencia enervante del salmo, como un ser único y multiforme con el que ansié fundirme hasta la muerte y la definitiva extinción.
Un rodar de guijarros a mis espaldas me sobresaltó. Busqué a Latro entre las sombras, pero había desaparecido. Sintiendo que el terror me invadía, giré apoyando mi espalda contra el bloque de hormigón. Deslumbrado, no lograba penetrar la tiniebla del barranco. Cuando vi al hombre supe que era tarde. La hoja se recortó en lo alto y capturó por un instante el resplandor del fuego. Entonces algo silbó en el aire y el hombre se derrumbó sin un gemido. Latro me arrastró por la pendiente dejándome caer a los pocos pasos. Volvió hacia la figura yacente y se apoderó del acero. Lo vi trajinar sobre el cadáver y me acerqué. Entre ambos lo despojamos del capote y el talego, ocultamos sus despojos con escayas y piedras y nos alejamos del lugar. Habíamos sido descubiertos por un miembro de la avanzada. Latro, luego de aniquilarlo, salvándome de una muerte segura, parecía vacilar. Ignorábamos si antes de atacarme, el hombre habría dado aviso a los suyos o si estos notarían enseguida su ausencia. Nos deslizamos sin ruido por las zonas bajas alejándonos del pasillo hasta que, a espaldas de los restos calcinados de un templo nos detuvimos para recuperar el aliento y pensar. El coro se había interrumpido y algunos gritos aislados rompieron el repentino silencio. El resplandor se inmovilizó fijando el horizonte fracturado de escombros. La procesión se había detenido. Nuestro temor aumentó, al cabo de algún tiempo Latro se encaramó a los restos de la torre, obligándome a permanecer oculto. Cuando descendió de la ennegrecida estructura, su ánimo era más sereno. Seguro de que el alto registrado por la procesión era ajeno a nuestra presencia, concluyó además que el ataque sufrido se debió a la rápida incursión de los hombres de la
avanzada. Estos -dijo-, registraban el área donde habrían de detenerse, cuando uno de ellos dio con nosotros. El talego arrebatado al muerto contenía tres latas y una garrafa de agua salobre. Había además un tramo corto de cable con una anilla en cada extremo y también un tubo con una sustancia cristalina, muy dulce. Comimos en silencio atentos a las voces cada vez más esporádicas que llegaban desde el campamento. Al cabo de un tiempo Latro volvió a observar desde la torre mientras yo, arrebujado en el capote me adormecía en una ensoñación gradual y poderosa.
Inerme y aterido me vi avanzar hacia el altar de las hembras, quienes con morosa suavidad me fueron despojando de mis vestiduras al tiempo que cubrían mi desnudez con el contacto palpitante y cálido de sus carnes. Aprisionado, recorrido por la gozosa humedad de sus bocas y sus lenguas anhelantes, sentí el desamparo de mi sexo dolorosamente enhiesto y abandonado. Un alarido de sangre ansiosa que buscaba ser acallado, ceñido apretadamente por el pozo de fuego protector que jamás debería abandonar. Me dejé caer entre las piernas de una esclava. Sus muslos me retuvieron con potente suavidad, sin rechazarme pero sin ceder. Por un instante todo mi cuerpo suplicó.
Entonces me sentí invadido por la fuerza. Un irresistible furor, por someter y conquistar, doblegar y apoderarme, único modo verdadero de merecer lo que era mío. Separé sus piernas que cedieron menos a la presión de mis manos que a la ciega determinación de mi deseo. La sentí debatirse y aceptar, exigir y demorarme y sólo fui mi sexo acometiendo, creando mi propio refugio mientras me hundía en ella penetrándola, abriendo su húmeda y caliente resistencia hasta que fuimos un único ser, uno su vientre y el mío, la crispada plenitud de sus pechos y mi boca. Un solo ser indestructible y completo donde la vida ardiente estalló fluyendo liberada en lo profundo de nuestra
poderosa comunión.
Me desperté entre las piedras del templo sintiendo una humedad tibia en mi vientre. Me supe solo como nunca. El silencio mi inquietó. Me deslicé fuera de mi escondite hasta dar con la torre ennegrecida, casi invisible en la oscuridad. El aire estaba inmóvil. Latro era una sombra quieta en lo alto de la estructura. Supe que dormía cuando el acero sujeto a mi correaje, rozó la piedra sin alertarlo. Asiéndome con cuidado a los hierros del armazón, trepé hasta que pude oír su respiración. Miré hacia el pasillo pero todos los fuegos parecían haberse extinguido. Ningún resplandor delataba el emplazamiento del campamento cercano. Bajé.
De nuevo en mi refugio extraje del talego una lata y el tubo con la sustancia dulce, dejé ambas cosas en el nicho sin ocultarlas. Luego de beber unos sorbos de agua me desprendí también de la garrafa. No recordaba otra calma semejante. Habituado al rumor constante del viento, que a veces se exaltaba en un gemido ensordecedor, el silencio de la noche me parecía de una cualidad casi sólida. Durante mucho tiempo no me moví. Las imágenes del sueño volvieron una y otra vez, sumiéndome en la angustiosa sensación de haber perdido algo que nunca había sido mío. Por alguna razón la visión de Latro, vencido por el cansancio alentó mi determinación. Nunca antes me había apartado de él sin darle aviso. Pero necesitaba hacerlo. Necesitaba marchar sin guía, sin la seguridad del cordel atado a mi muñeca.
Autor: Guillermo Iglesias

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